MST - Movimiento Socialista de los Trabajadores Lunes 27 de Agosto, actualizado hace 4 hs.

Palestina: Otra masacre sionista

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Al menos 18 muertos y cerca de 2000 heridos es el resultado de la masacre cometida por el ejército Israelí el 30 de marzo en la Franja de Gaza. Es un nuevo capítulo de varios ataques, masacres y genocidios perpetrados por el Estado de Israel en sus 70 años de existencia.

Ese día comenzaba la Gran Marcha del Retorno, con la cual el pueblo palestino reclama el derecho de los miles de refugiados a regresar a sus tierras. La manifestación consiste en cinco campamentos de tiendas a lo largo de la frontera de Gaza y está previsto que se extienda hasta el 15 de mayo, conmemoración de la Nakba (Catástrofe), que marca el inicio de la desposesión y exilio palestino tras la creación del Estado de Israel, en 1948. El ejército israelí respondió a la manifestación atacando con francotiradores y drones lanzagases.
La ONU reclamó una investigación de los hechos, a lo que el gobierno israelí respondió negativamente reivindicando el ataque. Lo que hace falta no son los hipócritas pedidos de investigaciones inútiles sino el aislamiento diplomático, económico y militar del estado genocida. Repudiamos este nuevo ataque sionista, nos solidarizamos con el pueblo palestino y exigimos al gobierno de Macri la inmediata ruptura de las relaciones diplomáticas y comerciales con Israel.

Israel, un enclave imperialista

El sionismo, que nació hacia fines del siglo XIX promoviendo la migración del pueblo judío a la “tierra prometida” fue un movimiento minoritario entre los judíos hasta el final de la segunda guerra mundial. La política sionista sintetizada en la frase “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” logró apoyo a partir de la matanza de millones de judíos por los nazis durante el holocausto y el respaldo del imperialismo angloyanky para lograr un control sobre las riquezas de medio oriente y frenar el ascenso del nacionalismo árabe. En 1947 las Naciones Unidas aprobaron la resolución para la creación de un estado judío y en 1948 se creó el Estado de Israel en parte del territorio donde se encontraba Palestina. Pero esas tierras sí estaban ocupadas por un pueblo; la fundación del Estado de Israel se realizó sobre la base de la expulsión de cerca de un millón de palestinos con métodos terroristas perpetrados por las fuerzas paramilitares sionistas.

Un estado terrorista y racista

Israel es un enclave apoyado financiera y militarmente por EE.UU. desde su fundación y aún lo sigue siendo. Obama, antes de retirarse, le hizo el “regalo” a la dirigencia israelí de subsidios militares por 3.800 millones de dólares anuales para el decenio que comienza en 2018. Desde 1948, con el apoyo o el silencio cómplice del imperialismo fue aumentando su territorio en sucesivas guerras, más allá de lo estipulado por la ONU en su creación. Y dentro de sus fronteras consolidó un régimen de apartheid contra la población no judía, y particularmente contra los palestinos.

El fracaso de los acuerdos de Oslo

La resistencia palestina tuvo uno de sus picos más altos con la Intifada (levantamiento) de fines de los `80. Resistencia heroica de un pueblo que enfrentaba con piedras a uno de los ejércitos más poderosos del mundo. La respuesta a la primera Intifada, y la reacción de repudio mundial que obligaron al retiro de las tropas genocidas fue seguida por la política de instalar dos Estados. En 1993, con aval de EE.UU., el gobierno de Israel y la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) comandada por Yasser Arafat firmaron en Oslo los acuerdos que reconocían la existencia del Estado de Israel, su derecho a custodiar las fronteras y la seguridad de los judíos que habitan territorio palestino. Y prometía la constitución de un gobierno palestino en Gaza y Cisjordania. Fue el punto central de la capitulación al sionismo por parte de la dirección palestina, abandonando el programa histórico de la OLP de una Palestina laica, democrática y no racista.

Una cárcel a cielo abierto

La Palestina actual se encuentra dividida en la Franja de Gaza y Cisjordania, donde además, hay instaladas colonias sionistas armadas por el gobierno israelí que se multiplicaron luego del reconocimiento del Estado palestino. Las fronteras y toda la actividad están bajo el control militar israelí, con sus bloqueos y arbitrariedades. La economía depende en su mayor parte de Israel o de la ayuda humanitaria extranjera. Más de 6.000 presos hoy pueblan las cárceles de Israel, de los cuales 450 son niños menores de 12 años. Hace pocos días fue condenada a ocho meses de prisión Ahed Tamimi de 17 años, cuya imagen recorrió el mundo por pegarle a un soldado israelí que quería invadir su casa y que se ha transformado en un símbolo de la lucha contra la ocupación sionista. Las razzias, controles y ataques de los colonos y soldados israelíes son permanentes.
Israel controla además el agua, la electricidad, el comercio exterior y las fronteras de Palestina. Las dos regiones que componen Palestina (la Franja de Gaza y Cisjordania) no tienen ni siquiera conexión entre sí. De este modo, y encima rodeada en parte por el muro israelí, Palestina es una caricatura de Estado.

Por un Estado palestino único, laico y no racista

La traición de Arafat produjo una radicalización que fue capitalizada por organizaciones religiosas que apelan muchas veces a métodos de terrorismo individual. Sin embargo, la lucha del pueblo palestino es una pelea justa por la recuperación de sus tierras y sus derechos. La actual situación y la experiencia de todos estos años ha demostrado la inviabilidad de lo que se llamó la política de “los dos Estados”.
La única salida posible para acabar con los ataques permanentes del Estado de Israel es destruir el estado racista y genocida, de la misma manera que para terminar con los crímenes contra la humanidad de la Alemania nazi, fue necesario terminar con el mismo Estado montado por el nazismo en ese país. No será posible terminar con las masacres que desarrolla las fuerzas armadas de Israel sin destruir el Estado sionista y luchar por implantar una Palestina laica, democrática y no racista, donde convivan ciudadanos de diversas religiones o creencias.

Emilio Poliak