EE.UU.: enorme repudio a Bush

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En busca de un cambio

Cuando arrancó este año electoral en EEUU había dos cosas que se daban por sentado: que en noviembre los demócratas recuperarían la Casa Blanca, y que la candidata sería Hillary Clinton. Con las internas a mitad de camino, por lo menos una ya no está para nada asegurada.
A pesar de la sorpresa que dio el senador Barack Obama ganando la primera interna en Iowa, se especulaba que para el 5 de febrero (el “super martes”), cuando se realizaron las internas en 22 estados, incluyendo los dos más grandes, California y Nueva York, Hillary ya tendría su candidatura abrochada. Pero no fue así.
Clinton efectivamente ganó en California y Nueva York, pero por estrechos márgenes, y Obama se llevó la mayoría de los delegados en 13 estados. Lejos de una victoria decisiva para Hillary, el “super martes” resultó una repartija bastante pareja.
Acto seguido, Obama ganó decisivamente, por amplísimos márgenes, en las 8 internas que se han realizado desde el 5 de febrero, llegando a superar a Clinton en la cantidad de delegados elegidos para asistir a la Convención Demócrata que decide definitivamente quien será el candidato.

¿Cómo hace este joven senador afro-americano para darle semejante pelea a una de las dinastías políticas más poderosas del país, la que hoy domina la cúpula y el aparato partidario demócrata… e ir ganando?
Los medios citan que ha recaudado más fondos. Es verdad. También que tiene una campaña mejor organizada, con más militantes empleados y voluntarios, con un trabajo de base que en cada estado está dos pasos adelante de Hillary. También es verdad.
Pero hay algo detrás de esto, y es que Obama ha logrado explotar el descontento masivo y las ansias por un cambio profundo en la política estadounidense de una manera que a Hillary (por su inocultable perfil de figura del viejo stablishment) se le hace imposible.
“Obama lanzó una publicidad de 30 segundos durante el Super Bowl que explotó sin reparo la iconografía de la izquierda, con imágenes de marchas y concentraciones de protesta, de pobreza y destrucción medioambiental, de la devastación de la guerra, y de esperanzadas multitudes multirraciales…”“[La publicidad representa] una apuesta a que el simbolismo de los movimientos sociales del pasado tendería a alentar más que asustar al pueblo estadounidense. Y la naturalidad con la que la publicidad fue recibida y el éxito electoral del que goza Obama sugiere que su campaña ha leído el humor social correctamente” (Rosa Brooks, Los Angeles Times).

Es verdad. El discurso de cambio de la campaña de Obama ha generado amplias expectativas, especialmente entre la comunidad negra y la juventud, que ha salido a votar en números récord, y ha asistido a sus multitudinarios actos que se asemejan más a conciertos de rock o movilizaciones contra la guerra que a los típicos actos electorales de EEUU.
¿Pero quién es Barack Obama? ¿Representaría un verdadero cambio en la política yanqui?
La verdad es que, más allá de su discurso, Obama no es ni radical ni disidente.
Esto se ve en sus posiciones políticas, que casi no difieren de las de Clinton. Se refleja en su financiamiento, que ha superado al de la campaña de Hillary, precisamente porque son las mismas ricas corporaciones que apoyan a los dos (y a los republicanos).
Se refleja también en la tenaz lucha que se está llevando a cabo en las entrañas del Partido Demócrata por el apoyo de los «superdelegados».
Sucede que, aparte de los delegados que se ganan con los votos de las internas, asisten a la Convención casi 800 «superdelegados» que son los que ocupan cargos electos importantes y los dirigentes del aparato partidario. Si ningún candidato reúne los aproximadamente 2000 delegados necesarios para la mayoría automática, son estos quienes deciden.

Lo obvio es que Clinton, desde su dirección en el seno de la cúpula del partido, tenga el apoyo de la mayoría de estos delegados. Pero lo que se ha visto es que hay un sector importante de los viejos cuadros que, cansados del dominio despótico de los Clinton, favorecen a Obama (como Ted Kennedy y John Kerry). Y la mayoría de los “super delegados” no quieren todavía definirse.
La realidad es que tanto Hillary como Obama comparten lo más esencial con sus “adversarios” republicanos en cuanto a los ejes de la política yanqui.
Los dos representan y gobernarían a favor de los intereses de la corporaciones por sobre el pueblo trabajador. Los dos buscan una salida a la crisis económica que salve las ganancias del capital. Los dos apoyan incondicionalmente a Israel y condenan por igual a Chávez.
Gane quien gane la presidencia en noviembre, la política de dominación imperialista de América Latina y el resto del mundo no cambiará en lo más mínimo. No se debe olvidar que fueron los demócratas quienes orquestaron la invasión de Cuba en la Bahía de Cochinos (Kennedy), y que impulsaron el acuerdo de libre comercio NAFTA (Clinton).

Pero estas elecciones esconden un elemento de suma importancia. Se confirma una vez más el repudio masivo a la agenda neoliberal de Bush y la esperanza de millones de personas de un verdadero cambio.
Esta esperanza será decisiva en las luchas que vendrán, más allá de quien gane, más allá de que Obama o Hillary traicionen esa esperanza, hoy por hoy equivocadamente volcada hacia los demócratas.

Federico Moreno


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