Brutal agresión de Rusia a Georgia, intromisión de EE.UU.

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Cuando el diablo mete la cola

Cuando el mundo observaba con asombro la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Beijing, a miles de kilómetros estallaba un enfrentamiento entre Osetia del Sur y Georgia, ambos países miembros de la ex URSS. Muchos se preguntarán por qué este sangriento episodio entre repúblicas hermanas de Europa del Este.


Quizá tengamos que remontarnos al momento en que dichas repúblicas eran parte de la ex URSS y que bajo la dictadura sangrienta de Stalin, se cometieron tremendos crímenes políticos sobre las nacionalidades, como el de anexar territorios de distintas naciones, dividirlas como Osetia y Abjazia y anexarlas a Georgia (lugar donde nació el dictador) o llegar al paroxismo de desterrar una parte de una nación, transportarla y formar un enclave en otra, con la que llevaban siglos de enfrentamiento (caso de Nagorno-Karabaj en Armenia).
Aún hoy los pueblos siguen pagando con sangre y vidas los crímenes de Stalin. Los horrores del pasado se mezclan con las miserias del presente. La puja es entre, por un lado, la “madre Rusia” (léase Medvedev y Putin) que defiende sus negocios con Europa y el control de los gasoductos de Gazprom en territorio de Georgia y, por el otro, Georgia (presidida por Saakashvili) que obnubilada por el imperialismo yanqui pretende ingresar a su alianza militar, la OTAN, bajo el paraguas de Bush.
En el medio, la muerte se abalanzó con crudeza sobre la población civil, con vientos huracanados de fuego y metralla que terminaron con muchas vidas en la ciudad de Tskhinvali, capital de Osetia del Sur.

Un pasado convulsionado

Luego del estallido que sacudió los países que conformaban el Pacto de Varsovia, desde Alemania del Este a Rusia y desde los países del Báltico a Georgia, a partir de 1989 muchas naciones optaron por la autonomía y la independencia de los poderes centrales a los que estaban ligados hasta ese momento. Los primeros en romper con Moscú fueron Lituania, Estonia y, más recientemente, Ucrania y Georgia. Para evitar el estallido de la ex URSS, el gobierno ruso negociaba acuerdos con sus pares de las distintas naciones y en algunos casos imponía gobiernos que impulsaban su política, como en Chechenia.
El inmenso potencial revolucionario que llevó a millones de hombres y mujeres a movilizarse y derrocar gobiernos tuvo (y tiene) muchas contradicciones, ya que no llegó a alumbrar una alternativa revolucionaria que permitiera conducir ese torrente desatado a la construcción del socialismo con democracia, situación que aprovechó el imperialismo para extender su influencia política, económica y militar, apoyando su bota en la región y aumentando su injerencia.
Los EE.UU. intentaron por todos los medios presionar e influir en esa disputa internacional, por la vía de debilitar la movilización, dividiendo pueblos, comprando dirigentes y tratando de atraer a su órbita la mayor cantidad de países que reclamaban la independencia, instaurando al mismo tiempo una campaña mundial de confusión sobre la supuesta muerte del socialismo.
En los últimos años se dieron grandes movilizaciones en Ucrania y Georgia para romper su dependencia de Moscú. Estas expresiones democráticas fueron denominadas Revolución Naranja en Ucrania y Revolución Rosa en Georgia. Hasta hace un año Georgia era gobernada por Eduard Shevardnadze, amigo de Putin y ex-jerarca del Kremlin que había piloteado y mantenido al país cerca de Moscú. Esa política fue derrotada por la movilización de la llamada Revolución Rosa, que terminó con su gobierno y puso en su lugar a Mikhail Saakashvili. Una de las primeras acciones de gobierno fue intervenir militarmente Ajaria que intentaba independizarse y esta acción provocó una gran preocupación popular en Osetia y Abjazia que tenían similares expectativas.

¡Ni EE.UU. ni Rusia!

Por su parte EE.UU., el principal aliado de Georgia, celebró la “pacífica restauración de la autoridad de Tbilisi” en Ajaria. El gobierno estadounidense está muy interesado en la estabilidad política de Georgia, por cuyo territorio pasará el oleoducto Bakú-Ceyhan, destinado a transportar el petróleo de Azerbaiyán y quizás el de otras zonas del Caspio, como también un aliado político muy importante en la zona, que adhiere y coopera con soldados en la agresión de EE.UU. a la república de Irak.
El cinismo yanqui no tiene límites, mientras se congratula con Georgia para que ingrese a la OTAN, defiende solo de palabra al país agredido ya que, sus intereses políticos fundamentales, están puestos en el sostén de la relación con Rusia, por lo menos en este caso.
Los hechos relatados anteriormente han abonado a esta crisis y agregado a la inestabilidad de esta región, conmovida por la intervención de EE.UU. en Irak y Afganistán.
Reivindicamos el derecho de las naciones como Osetia, Abjazia y Ajaria a ser un solo territorio y una sola administración, que democráticamente su pueblo resuelva su organización y su gobierno.
Repudiamos la salvaje agresión de Rusia a la República de Georgia, que con el pretexto de ayudar al pueblo de Osetia bombardea ciudades y territorios de Georgia, a la que podría llegar a intentar ocupar militarmente. Repudiamos la intromisión de EE.UU. y el intento de sumar a Georgia y otros países a la OTAN.
El único camino de libertad posible para los pueblos del Cáucaso y todos los de Europa del Este es movilizarse y luchar por la independencia de sus países, tanto del imperialismo yanqui como de Rusia y las potencias europeas. Es decir, tomar el camino opuesto al que están encarando sus dirigentes políticos.

Zoilo Torres


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