Aniversario

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A 40 años de la Primavera de Praga

En 1968 se derrumbaron dos
mitos, dos pilares de la guerra fría:
el de la libertad en el mundo “libre” de occidente y el del socialismo en el “socialismo real” del bloque del Este.
En agosto, con el mundo convulsionado por el Mayo Francés y sus correlatos a lo largo y ancho del planeta, la policía de Chicago reprimió brutalmente a los manifestantes en la Convención Nacional Demócrata, y los tanques rusos invadieron Checoslovaquia.
Ese país gozó, en los años 40 y 50, debido a su relativamente superior nivel industrial, la mayor estabilidad entre los países del bloque del Este que quedaron en la órbita de la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial. Pero esto se acabó en los 60, cuando el modelo stalinista vertical y opresor del Estado-Partido Comunista Checo llegó a su límite y se estancó la economía.
La resultante disputa en el seno de la cúpula del partido por la presidencia del mismo y del país tuvo una consecuencia inesperada. Ambos sectores en pugna apelaron a los intelectuales y estudiantes primero, y luego a los trabajadores, para que los apoyen en una supuesta cruzada reformista que ampliaría las libertades democráticas, rescataría a la economía nacional y construiría el “comunismo con rostro humano”.
Las masas no desaprovecharon la nueva apertura. Pronto los medios denunciaban la corrupción de los viejos caudillos, diarios y revistas surgieron por todas partes y se formaban largas colas para comprarlos. Esto se extendió a las fábricas, donde mítines improvisados comenzaron a exigir la renuncia de directores corruptos y la democratización del trabajo.
En junio comenzó una oleada de huelgas. Al no ser reprimida, como había sucedido con la más mínima expresión de disidencia anteriormente, los trabajadores ganaron confianza. Era primavera, y las masas florecían por primera vez tras el largo invierno del estado policíaco stalinista.
El nuevo presidente Dubcek, quien había encabezado la apertura, ahora rogaba que los periodistas ejercieran “responsabilidad” y denunciaba la “anarquía” de los huelguistas. Pero tampoco se animaba a desatar la represión.
El 20 de agosto, tras un ultimátum de la URSS que Dubcek no pudo cumplir, las tropas rusas invadieron Checoslovaquia para imponer la “normalización”. Ocuparon el país y llevaron a Dubcek prisionero a Moscú.
A los seis días Dubcek volvió a Checoslovaquia y a la presidencia, habiendo acordado con Moscú reimponer la censura y acceder a la ocupación rusa hasta acabado el proceso de “normalización”. Pero no fue tan fácil.
La gente cambiaba los nombres de las calles para confundir a los ocupantes. Los jóvenes salían a discutir con los soldados alrededor de los tanques. Por una semana la TV siguió trasmitiendo sin censura efectiva.
Hacia fines de octubre estallaron una serie de manifestaciones masivas espontáneas contra la ocupación. En noviembre los estudiantes organizaron un paro de tres días con tomas en todo el país. Los trabajadores seguían eligiendo sus propias conducciones en las fábricas
Como meses antes ocurría en Francia, los estudiantes y trabajadores de base entablaron estrechas relaciones. “Los estudiantes iban a las fábricas y los obreros iban a las tomas. Las discusiones eran interminables” cuenta un participante.
En enero del 69 un estudiante, Jan Palach, se inmoló en protesta por el abandono de reformas. Unas 800.000 personas respondieron marchando por las calles de Praga.
Las protestas no lograron echar a los rusos, ni evitar la reimposición del régimen monolítico stalinista. En abril Dubcek fue remplazado por el conservador Husak y en agosto las fuerzas checas lograron suprimir las manifestaciones en el aniversario de la invasión rusa, sin ayuda de los ocupantes.
Esto fue centralmente porque el movimiento de conjunto se limitó a apoyar a los reformistas (eran cada vez menos e iban claudicando a las órdenes del Kremlin) del aparato estatal. No surgió entre los trabajadores y estudiantes movilizados una dirección revolucionaria dispuesta a dar una salida por fuera del Estado burocrático.
Sin embargo, la lucha del pueblo checo significó un hito de suma importancia para el movimiento revolucionario mundial dentro de lo que fue el año 1968.
Demostró no sólo que la lucha por el socialismo se iba a tener que dar de ambos lados de la Cortina de Hierro, sino que era posible hacerlo.

Federico Moreno


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