Masacre de La Plata

Spread the love

33 años de impunidad

Entre el 4 y el 5 de septiembre del ’75, ocho jóvenes militantes del Partido Socialista de los Trabajadores cayeron brutalmente asesinados en La Plata. No era el primer atentado y, hasta hoy, no sería el último que nuestra corriente morenista sufriría en gobiernos democráticos. No contamos esta tragedia para exacerbar el dolor que todavía nos acompaña, lo hacemos porque es necesario reflejar la tradición de nuestro partido que se cimentó en las lecciones que dieron estos militantes que abrazaron con fervor la vida peleando por cambiar el rumbo de la clase obrera.

Corría el año ’75. López Rega ya había huido del país. El Rodrigazo lo había echado, pero el terror que este siniestro personaje había organizado seguía golpeando a la clase obrera. Desde 1973, decenas de personas aparecían mutiladas y asesinadas con el sello macabro de la Triple A. Los atentados y las bombas ya habían dejado de ser noticia.
Mientras Videla asumía la jefatura del Ejército, el gobierno de Isabel Perón pedía “un amplio y sincero diálogo” reformando el código penal para llenar las cárceles con los presos políticos y firmaba los decretos de “aniquilamiento de la subversión” con los que se abrió la puerta al genocidio. Nahuel Moreno había lanzado la voz de alerta oponiéndose a está política, viendo que el fascismo comenzaba a pisar fuerte. Los partidos políticos de la oposición repudiaban formalmente, pero nada hacían para frenar a la Triple A. Por el contrario, Ricardo Balbín, lanzó el celebre ataque a la guerrilla industrial proporcionado la base ideológica de lo que luego sería la “teoría de los dos demonios” alfonsinista. Esta actitud del radicalismo y el justicialismo nunca fue un error pasajero, se basaba en la “opinión pública” de la gran patronal y la burocracia sindical que habían determinado que el enemigo fundamental era el activismo obrero. En consecuencia, veían al PST como un adversario de cuidado por ser uno de los máximos impulsores de la lucha contra el plan económico y reaccionario del gobierno de Isabel.
El homenaje a estos compañeros es más que una conmemoración. La vida de estos chicos reflejó el Partido por el que, junto a Moreno, bregábamos. Es necesario rescatar el proyecto político por el que entregaron la vida. Debemos darle un nuevo impulso a su legado. Por eso como cantamos en las calles, para nosotros, Adriana, Hugo, el Laucha, Ana María, Lidia, Oscar, Carlos y Patricia, y los más de cien asesinados y desaparecidos del PST, están en cada lucha y vuelven cotidianamente en la pelea por un mundo socialista. Ellos murieron siguiendo la tradición partidaria de apoyar todas las luchas a pesar del peligro que ello significaba.
Eran todos compañeros muy jóvenes. Lamentablemente el fascismo no me dio tiempo de conocerlos a todos como, en cambio, conocí al Laucha. Él, era el fiel representante de una generación de militantes que siendo estudiantes entendieron la necesidad, no sólo, de apoyar sino de ser parte del movimiento obrero. Me enseñó a militar con alegría en momentos en los cuales soplaban vientos turbulentos. Esa alegría es la que debería seguir contagiando nuestras actividades cotidianas.
El jueves 4 de septiembre de 1975, Adriana, Hugo, el Laucha, Ana María y Lidia terminaron de cenar y se dirigieron a Petroquímica Sudamericana (hoy Mafisa) a solidarizarse con los obreros que ocupaban la fábrica. Nunca llegaron. Sus cuerpos aparecieron por la madrugada con la marca de la tortura en La Balandra, zona cercana a La Plata. La Triple A había borrado para siempre la alegría con la que ellos realizaban cada actividad y con la que contagiaban mi militancia por esos tiempos.
A pesar del miedo, decenas de adhesiones llegaban al local. El ministerio de Obras Públicas, donde Hugo y Adriana trabajaban, se paralizó en señal de protesta. Nublados por la bronca y el dolor comenzamos a preparar el homenaje que ellos se merecían y Oscar, Carlos y Patricia salieron del local por la tarde del viernes para denunciar y llamar a todos los sectores a la movilización. Como si el crimen no fuera suficiente y el dolor no fuera infinito, en un Fiat 125, los asesinos de la Triple A los secuestraron. Fueron largas horas de búsqueda hasta que nos devolvieron sus cuerpos.
Me enteré de lo que había sucedido a través de una de las llamadas telefónicas más dolorosas de mi vida. En ese momento, me encontraba en Venezuela dedicándome a las tareas internacionales del Partido. Nadie pudo despedirse como ellos merecían. Ellos habían caído batallando contra el fascismo que invadía las calles argentinas. Los rumores de una “tercera tanda” de muertes nos robaron esa posibilidad. Sólo se los pudo homenajear en un pequeño acto en el cual participaron quienes militaban en La Plata y una delegación del Comité Ejecutivo del partido. Aún, en ese clima, no pudieron evitar que delegaciones obreras se hicieran presentes para despedirse de ellos.
Los obreros de Petroquímica comprendiendo los lazos entre la patronal y los atentados pusieron en la puerta de la fábrica un cartel que decía “Curi compra matones para matar”. Curi, era el patrón.
“No queremos la unidad de acción para acompañar nuestro cortejo, ¡la queremos para aplastar el fascismo!” había dicho, un año antes, Nahuel Moreno en el acto de sepelio de los compañeros asesinados en Pacheco. Ese mismo sentimiento era el que albergaba el Partido ese sábado cuando enterramos a nuestros compañeros.
Quisieron que con sus muertes nosotros titubeemos pero, en cambio, sólo lograron que el compromiso sea más grande, que se convierta en un motor para seguir construyendo un partido de trabajadores que defienda y sea una alternativa para los de abajo. Quisieron terminar con el sueño de miles y, en cambio, le enseñaron a las generaciones que siguieron que sólo organizándose y movilizándose se pueden detener las bandas fascistas. Continuando con las lecciones de nuestros mártires, lograron protagonizar y estar a la altura de las circunstancias el 19 y 20 de diciembre, gestar nuevas direcciones sindicales que den la pelea en las calles junto al pueblo haciendo oír la voz de quienes nunca fueron escuchados.
Lamentablemente, 33 años después de esa masacre, volvimos a sufrir otro golpe. Lázaro Duarte fue asesinado en Neuquén y ese crimen continúa impune como el de todos los militantes que murieron desde 1974. Él fue nombrado presidente honorario del último congreso del cual, seguramente, habría participado con entusiasmo como, a pesar de sus casi 80 años, siempre lo hizo.
En “Rastros en el Silencio”, los asesinados y desaparecidos de aquella época tuvieron su merecido homenaje. En esas páginas, los protagonistas de aquellos años reflejan a estos 8 mártires como lo que ellos fueron, mostrando el impacto de esta masacre en la vida cotidiana de La Plata. No debe sorprendernos la solidaridad que rodeó a los familiares y compañeros en esos días terribles. Tampoco debe sorprendernos que su recuerdo perdure a pesar de los intentos de todos los gobiernos por obligarnos a olvidar.
Las tareas inconclusas que esos jóvenes dejaron, son las tareas que cada militante del MST debe tomar para seguir construyendo el Partido y mantener su tradición, sabiendo que así se comienza a forjar un futuro distinto. Más de tres décadas después, seguimos peleando por justicia y dimos un primer paso en lograr que la Masacre de La Plata sea declarada crimen de lesa humanidad por lo cual es imprescriptible. Aún así será necesario continuar movilizándonos para lograr que los responsables políticos y materiales vayan presos.
Más de tres décadas después, creo que es necesario reivindicar la vida de estos chicos que ocupan un lugar de privilegio en los cimientos que edificaron la tradición de nuestro partido. Tomando las palabras de Pierre Broué, en el prólogo de “El Partido Bolchevique”, creo que “todo es posible y son los hombres los dueños de su propia historia. Mutilará la vida todo aquel que en sus páginas no defienda la pasión que consumió a otros hombres.”

Mario Doglio


Publicado

en

por

Etiquetas: