A un mes de su muerte, homenaje a Celia Hart

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Pañoleta roja contra el Plan Bush

El 7 de octubre se cumplió un mes de la sorpresiva muerte de nuestra compañera, amiga e integrante del equipo internacional de redacción de la Revista de América, Celia Hart. A modo de homenaje, la recordamos editando un bello texto suyo que hace poco le había enviado a compañeros docentes porteños del MST. Aquí publicamos la primera parte.

Todo sucedió frente al mar, después de una breve e inesperada tormenta que sacudió al litoral habanero el día anterior.
Desde la mañana lo más importante para Oscar Ernesto era lucir la más blanca de las camisas en éste, su último día de clases.
La escuela se llenó del bullicio habitual. Eso sí. Las niñas estaban más arregladas y parecían transformadas en pequeñas mujercitas. Los varones mejor peinados que de costumbre y la maestra con esa mezcla rara entre emoción y tristeza. Durante tres años había perseguido las primeras voces del intelecto de esas veinte criaturas, las que congregadas en las pequeñas aulas con sillitas nuevas, tele, video le conferían al viejo inmueble de una antigua zona residencial de La Habana una dimensión sorprendente.
¡Y todavía debemos escuchar del “Plan Bush de transición para una Cuba libre”! Si no fuera porque el imperialismo sufre de inmadurez incurable, y es capaz de creerse en serio que es Voltus V, ese papel de 450 páginas sería un buen guión para las comedias del domingo en la mañana. ¡Incluso hay un capítulo oculto! El que nos amenaza como el Coco a los bebés… ¡Uy qué miedo!
Entre los ítems que nos ofrece Bush “para una Cuba libre” está no sólo que el capital se adueñe del aulita azul de mi hijo, y que reconvierta esa vieja edificación en propiedad de alguien que no amará sus viejas paredes ni sus oscuros pasillos, pues para ellos ese edificio representa unos billetes no más. Piensan privatizar la educación y con ella privatizar la risa prendida de estos niños que además de ser vecinos, todos, absolutamente todos aprenden las mismas letras y los mismos números.
Pero no quiero hoy que ese engendro inculto y prepotente empañe mi mañanita cuando despedimos el curso escolar.
Un 8 de octubre, hace dos años, les colocamos los padres a los pequeños la pañoleta azul. Todavía miro las fotos y mis ojos se humedecen con la nostalgia de ver cómo ha crecido ese pequeño conjunto de carne e ideas que la naturaleza quiso poner en mis brazos.
Y allí en esa querida escuela dejamos a los pioneros que hoy harían cambio de “atributo”. Los padres alborozados caminamos unos cien metros hasta un Círculo Social que daba al mar. De forma familiar todos le llamamos “El Ferretero”. ¡Cuántas noches de boleros y estrellas disfruté en ese lugar años atrás! Me ruborizo al pensar en ellas.
Y El Ferretero, otrora propiedad privada, ¿lo despedazaría Bush también? ¿Privatizaría los boleros? Y las estrellas… ¿cobrarían por contemplarlas? Un poco desconcertada miré al mar, tratando de desentrañar cómo sería la “Cuba Libre de Bush”. Bueno, tal vez sea no más un trago del sabroso Cuba Libre que desee beber el buen Señor. Deberíamos enviarle a nuestros mejores cocteleros a ver si nos libramos de esta recurrente pesadilla. Eso sí, como diría (según la leyenda) el Presidente soviético Nikita, para que sea libre de verdad ese cóctel… que le quiten la Coca Cola y dejen el ron solito.
Me sacó de mis reflexiones la entrada de los estudiantes. Los niños de tercer grado llegaban de la mano de los de sexto, que terminaban la enseñanza primaria.
¡Allí sí había donde mirar! Los jovencitos de 12 y 13 años con una hidalguía que los convertía en mayores. Las muchachitas con su cabello muy peinado y sus blusas blancas muy planchadas.
Sí, por desgracia en los zapatos podríamos vislumbrar un poco las diferencias sociales. Sólo en los zapatos. Los zapatos no están incluidos en el uniforme. ¡Y es una pena! Pero nos sirve como señuelo, para saber cómo sería si el sistema mercantil invadiera la vida de nuestros hijos: no sólo serían los uniformes, las blusas blancas… Serían diferentes las sonrisas, las miradas. Es más: la mayoría de ellos estarían en la calle y no sabrían sumar, ni leer, ni cantar como lo hacen en este mismo instante, cuando entonan la magistral canción de Teresita Fernández… basada en el inigualable y cristalino poema de la Gabriela Mistral “Dame la mano y danzaremos/ dame la mano y me amarás/ como una sola flor seremos/ como una flor y nada más”…
Maestros, padres y alumnos cantábamos la alegre melodía.
El sonido del mar hacía el fondo, las olas trataban de competir con el azul de las pañoletas de los pequeños de tercer grado y la espuma con las camisitas blancas que todos los padres tratamos de blanquear días antes para que estuviesen nuestros hijos mucho más pulcros en su último día, cuando ambos grupos (los de tercer y sexto grado) asistirían a un extraño ritual.
Los de sexto pasaban a Secundaria. Pocos años antes se realizó en el país una campaña gigantesca para mejorar las condiciones de los chicos en Secundaria Básica. Estos hombrecitos y mujercitas asistirán en septiembre a aulas remodeladas, y una nueva sesión de estudios, con todas las aulas con profesores… merienda reforzada… pero ¿privatizará el Plan Bush para esa “Cuba Libre” también la merienda de los niños secundarios cubanos? ¿Tendrán estos adolescentes frescos como la brisa del mar que salir a las calles para defender sus derechos, como hicieron los estudiantes franceses contra Villepin o los “pingüinos” chilenos? No; espero que al menos éstos que se empinan frente a sus padres al recibir su Diploma no tengan que sufrir gases lacrimógenos, ni patadas de policías.
Sacudí las lágrimas de impotencia y volví a mirar el espectáculo de la mañana más linda de julio.
Cantamos el Himno Nacional. Los pioneros se ponen el dedo pulgar en la frente y estiran la mano, parecen avecitas a punto de despegar vuelo.
Oscar Ernesto era el tercero de la fila, a su lado una hermosa chica trigueña de sexto grado lo había llevado hasta allí de la mano como a cada uno de sus compañeritos de clase. Marchaba uno de sexto grado de la mano de un pequeño de tercero. Mientras escuchaba el himno nacional lo miraba con orgullo. Sí, hijito. “En cadenas vivir es vivir en afrenta y oprobio sumido”… Que ese verso del himno logre filtrarse por tus pequeñas venas y puedas sentir, antes de entender bien, toda esta sencilla verdad que te rodea.

Continuará…

Estimados amigos de la Dirección Nacional del MST (Movimiento Socialista de los Trabajadores de Argentina). Mucho les agradezco el mensaje de condolencia por el fallecimiento de mis hijos Celia y Abel.

Armando Hart.


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