El fin de una época II

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El capitalismo no va más

Desde estas páginas venimos publicando aportes al análisis, la caracterización, la perspectiva y la política de los revolucionarios de cara al desarrollo de la crisis capitalista. Se han abierto muchos debates, que sin duda continuarán en la medida que se desarrollen los acontecimientos. Mientras la gran burguesía espera una «reconfiguración» del mundo, para nosotros el capitalismo está agotado y la salida es el socialismo con democracia. En esta ocasión publicamos un aporte de Carlos Miranda, desde Venezuela, que aborda, entre otros temas el debate sobre la multipolaridad y la revolución socialista.

Queda claro que vienen años de crisis, recesión o depresión a nivel mundial. Poco importan las oscilaciones de las bolsas, que suben y bajan como en una montaña rusa. Sí se abren una serie de interrogantes. ¿Por qué le resulta tan difícil a los economistas, incluso a algunos marxistas, comprender el fenómeno que representa esta crisis? Mientras hacen la comparación con la debacle de los años ‘30, ¿Por qué se limitan a los mecanismos financieros o económicos para hacer la comparación, sus pronósticos y proponer las salidas? Si aquella culminó en una nueva guerra mundial, donde se completó la liquidación de gran parte del capital acumulado por más de 60 años, y sólo después de más de 30 millones de muertos en Europa y con una nueva redistribución del poder en el mundo. Y recién entonces se encontró el piso para un rebote sostenido y la consolidación del poder de EE.UU. sobre el mundo capitalista. ¿Por qué no se toma en cuenta para el análisis y la comparación la existencia de la ex URRS y el stalinismo mundial y el papel de amortiguación a las crisis que éstos cumplieron luego de la última guerra mundial?
¿Por qué el debate sobre la decadencia del imperialismo norteamericano y una nueva multipolaridad regional, según arriesgan los más optimistas, se presenta como una evolución pacífica y lógica de la crisis si no hay antecedentes históricos de eso? ¿Puede suceder o es solo la ilusión de que se salga rápidamente del callejón que representa este final de época el imperialismo?
¿Por qué sería posible un nuevo reparto del mundo en bloques multipolares si la crisis actual ya se devoró la teoría del Desacople, que justificaba que China, apelando a un supuesto enorme mercado interno no se vería sacudida por el terremoto?
Para comprenderlo es imprescindible volver a abrir los ojos y mirar a Marx. Y entender que la Economía Política es la ciencia del funcionamiento de las sociedades, de su auge, su decadencia, su crisis y la necesidad de su reemplazo por una nueva. Y también revalorizar a Lenin y su visión del imperialismo y la lucha de clases.

El capitalismo realiza su objetivo en el mercado mundial

El objetivo del sistema capitalista es la ganancia. Pero la base, la fuente de donde emana toda la ganancia capitalista se asienta en la producción de mercancías, es allí y no en el sistema de crédito, en la especulación financiera, el comercio o la distribución de los bienes, donde esa ganancia se genera.
En la relación capital-trabajo es que aparece la ganancia. Ésta surge de la producción de mercancías por parte de los trabajadores, allí hay un excedente de ese trabajo que no les es pagado como salario, un plus-valor que encierran las mercancías que se producen. Ese plus-valor o plusvalía es la que da origen a la ganancia del capitalista.
Pero para que esa ganancia se realice y se convierta en la mercancía universal del sistema capitalista, es decir en dinero (D’ según la fórmula de Marx), tiene todavía que ir al mercado y ser vendida. Cuando se provocan crisis como las actuales se está expresando desde el punto de vista económico el agotamiento del mercado, la imposibilidad de realizar esas ganancias y la caída de ella. Entonces vienen las peleas por los mercados. No son peleas de marketing, de publicidad o de operaciones de boicot o intervenciones militares aisladas o limitadas. Esto funciona en épocas de relativa estabilidad económica en el momento en que el ciclo está en ascenso. Pero cuando las crisis de estas magnitudes se desatan, la pelea es violenta y los movimientos y enfrentamientos militares se hacen cotidianos y tienden a generalizarse.
El problema es que el mercado, por más que sea mundial, es limitado. Está reducido a los límites del planeta. Allí es donde se produce la crisis estructural del capitalismo, todos los espacios están ocupados, hay que repartir y dar de nuevo. Y no es posible hacerlo solo por el avance parcial de tal o cual país imperialista. O por medio de mecanismos diplomáticos o políticos. Desde la lógica capitalista se hace necesario desplazar violentamente a los competidores que ocupan un espacio que el país más fuerte quiere para que sus transnacionales puedan realizar sus ganancias. Es de esta confrontación violenta en la forma de guerras y revoluciones, de donde surge la hegemonía de unos países sobre el conjunto de la humanidad por las guerras, o la liberación de algunos otros por las revoluciones. Este es uno de los geniales descubrimientos de Lenin: la época del imperialismo es una época de guerras y revoluciones.

La superación de cada crisis de este tipo requiere de un nuevo reparto del mercado mundial

La crisis de EE.UU. significa un debilitamiento importante de su poder imperial. Esta decadencia había empezado, de manera dramática, a principios de los ‘70 del siglo pasado. La derrota en Vietnam fue la expresión militar de ese agotamiento y decadencia.
Esa derrota militar no abrió paso a una nueva multipolaridad a nivel mundial. Por el contrario, siguió imperando la supuesta bipolaridad que significa la misma existencia de la URSS, China, y el resto de los países “socialistas”.
Esta situación reflejaba una realidad que había surgido de la primera y segunda guerras mundiales. La construcción de estados no capitalistas con economías de transición, producto de revoluciones políticas y sociales que acompañaron la finalización de las guerras mundiales, el llamado “socialismo real”. Esa llamada bipolaridad expresaba una contradicción del sistema, una distorsión de la lucha de clases a nivel mundial. Bajo esta contradicción, un tercio del planeta quedó por fuera de la dominación directa del imperialismo y desaparecieron la casi totalidad de los regímenes coloniales que procedían de la época de ascenso histórico del capitalismo en el Siglo XIX.
La visión de la construcción del socialismo en un solo país; la ideología de un desarrollo económico que, encerrado en las estrechas fronteras nacionales, superaría al desarrollo capitalista; el manejo burocrático, totalitario, los criminales pactos con el imperialismo de cualquier signo en defensa de sus privilegios “nacionales” en contra de la revolución mundial. Esto es lo que fue minando las bases de esos estados que habían iniciado los primeros experimentos de construcción de una sociedad nueva fuera de los marcos capitalistas, hasta que esos experimentos cayeron. Sólo Cuba resistió hasta ahora.
Con la caída de la ex URSS y la restauración capitalista en China, el imperialismo inició una fase de contraofensiva económica, militar, ideológica y cultural. Se anunció la supremacía total del capitalismo contra todo otro sistema. Los nuevos mercados abiertos luego de las revoluciones, crisis y la contrarrevolución económica operada en esos países, eran la gran esperanza americana y europea para la superación de su crisis crónica abierta a principios de los ‘70 del siglo XX.
Pero la realidad mostró lo contrario. El mercado se agotó rápidamente, y si bien abrió la puerta a un aumento monumental de la tasa de explotación y de la plusvalía (China), lo mismo que a un aumento de la tasa de ganancia del capital (en algunos momentos), no pudo evitar que los ciclos de crisis fueran similares a los de los últimos 30 años. Por lo tanto el reparto de ese mercado, antes que desarrollar las fuerzas productivas globales (base de sustentación de la existencia de una sociedad), siguió frenándolas, preparando la crisis actual. Azuzando el desarrollo de luchas, resistencias y enfrentamientos, guerras y revoluciones, otra vez Lenin como paradigma.
No desarrollaremos aquí el debate con los que sostienen que las fuerzas productivas se siguen desarrollando por el avance de la tecnología y la ciencia. Y si bien podríamos asegurar que en los últimos cinco años de Revolución Bolivariana, por ejemplo, en el país se ha producido un desarrollo de las fuerzas productivas, aunque ciertamente limitado y subordinado al aprovechamiento de la renta petrolera, no es eso lo que pasa a nivel global. La dialéctica es enemiga a muerte del formalismo pequeño burgués. Y la ley del desarrollo desigual y combinado explica cómo es posible que mientras en algunos pocos países se pueda hablar de crecimiento de las fuerzas productivas, en el sentido marxista, lo dominante a nivel mundial es el freno de éstas. Para el método de estudio de toda ciencia histórica, y así es la ciencia del desarrollo de las sociedades humanas, el todo siempre es superior a las partes que lo componen.
Por lo tanto, estando limitado el mercado, no existiendo desarrollo global de fuerzas productivas, incrementándose de manera tremenda el capital ficticio, dejando de actuar las tendencias contrarres-tantes de la caída de la tasa de ganancia, y frente la imposibilidad de realización de la plusvalía, dándose todos estos elementos juntos, estamos en presencia de una nueva crisis de alcance histórico. Desde la lógica de concentración del capital en cada vez menos manos, se vuelve a plantear la necesidad de un nuevo reparto del mercado mundial, al mismo tiempo que el sistema exige continuar aumentando la tasa de explotación y el aumento de extracción de plusvalía.

La multipolaridad: una posición utópica

Una vez superado el actual pico de la crisis, es un hecho que el mundo ya no será como antes. Se iniciará una durísima batalla por el nuevo reparto de los mercados. En este marco es en el que se empiezan a plantear distintas políticas de salida desde el ángulo capitalista. Para Bush, una vez encontrado el nuevo piso luego del estallido financiero, debe volverse al marco de Breton Woods: pero ahora un neolibe-ralismo regulado. Lástima para él que no estará para verlo. Para los europeos, que dicen lo mismo de manera más elegante, deben imponerse regulaciones que hagan que “nunca más vuelva a suceder esto”. Y para los gobiernos de los llamados países emergentes, en especial China, India, Rusia y Brasil, alentados desde los cenáculos intelectuales del ala izquierda de la socialdemocracia europea, o de los restos del estalinismo, hay que buscar el camino de un nuevo mundo multipolar.
El mecanismo de esta multipolaridad serían los bloques regionales. Los que sostienen esta posición imaginan una mesa en la cuál Estados Unidos se sentaría como primero entre iguales con Europa y el Bloque de los Bric (Brasil, Rusia, India y China), cada uno de estos países emergentes encabezando un nuevo bloque regional. Ese es el sentido, por ejemplo, que Brasil quiere darle a UNASUR, o al predominio del MERCOSUR sobre el ALBA, intentando absorber a este último.
La visión utópica es la de creer posible el acuerdo entre bloques, donde, además, los liderazgos no están consolidados sino en disputa, como es el caso de América Latina. Y aquí están en disputa liderazgos que expresan procesos revolucionarios como el Bolivariano, con liderazgos reaccionarios como el de Lula. Según aquella visión, se podría llegar al acuerdo de un nuevo reparto mundial de los mercados, de entendimiento político, de desarrollo. Hay algunos que imaginan nuevas globalizaciones, pero limitadas a pequeñas regiones especificas del globo. Según los que sostienen esta posición, se generarían nuevos mercados cerrados, que negocian en conjunto con otros mercados cerrados. Pero niegan lo que es, en definitiva, la política en el capitalismo: la lucha despiadada por el dominio del comercio mundial, es decir, el lugar donde se realiza la plusvalía arrancada con la producción de mercancías.
Esta lógica que parte de suponer que acuerdos diplomáticos entre regiones y países obligarán a los países imperialistas, y principalmente a Estados Unidos, a reconocer un nuevo reparto del mundo simplemente porque está debilitado y en su etapa decadente, es utópica. Y no sólo utópica sino reaccionaria, porque al necesitar mecanismos para cerrar espacios económicos, frenarían todavía más el desarrollo de las fuerzas productivas, aumentarían todavía más la miseria creciente y, en su competencia interna por el liderazgo de cada bloque, llevaría a esos países a depredar más el espacio que ocupan en el globo y a aumentar las tensiones y las perspectivas de enfrentamientos militares entre ellos. Y es también reaccionaria porque niega la existencia de la etapa imperialista, buscando una salida dentro de las leyes internas del capitalismo, las mismas leyes que provocan los colapsos una y otra vez.
Es además una posición que va en contra de las enseñanzas históricas, porque desconoce, olvida o quiere negar cómo ha sido la historia de la humanidad hasta el presente. Todo cambio de hegemonía a nivel mundial fue precedido por brutales enfrentamientos militares, verdaderas carnicerías humanas. Esa es la historia del dominio del imperialismo inglés y del yanqui. También es la historia de los que se resistieron a perder la hegemonía. No se explica por qué, ahora, tendría que ser diferente.

La verdadera alternativa a la crisis es la lucha por socialismo

La conformación de bloques regionales de los países dependientes de los imperialismos, sobre todo del imperialismo hegemónico, podrían haber sido fenómenos progresivos si se tratara de defenderse de la política de neocolonización. Sin embargo, la mayoría de ellos están marcados en sus orígenes por las necesidades de las transnacionales en disputa por los mercados regionales. Ese es el papel que ha venido jugando la OMC (Organización Mundial de Comercio), aceptado por los países integrantes de los bloques regionales más débiles, normando quién es el jugador que gana y cuál el que pierde en el mercado mundial. Este ha sido el papel de casi todos estos acuerdos, con la excepción del ALBA. Pero si no fueron progresivos en el momento de su creación, ¿por qué iban a serlo ahora? La excepción del ALBA tiene que ver con el criterio de solidaridad declarado por la principal fuerza económica y política de ese acuerdo, la República Bolivariana de Venezuela y su proceso revolucionario.
Pero dado el carácter histórico de la actual crisis se vuelve a abrir la oportunidad, que venía acumulándose desde hace años, de plantear como inminente la lucha anti-capitalista y por la revolución socialista.
Los más de 90 años transcurridos desde la primera revolución socialista triunfante; la experiencia del régimen soviético y su degeneración; el aprendizaje acumulado que deja ese experimento, tanto como los posteriores, debe ser aprovechado para no repetir los errores y las tragedias que ellas trajeron.
En primer lugar, hay que partir del reconocimiento, probado por la historia, de la posibilidad de que importantes procesos de transición revolucionaria se desarrollen en países atrasados, es decir, con bajo desarrollo de fuerzas productivas y poco desarrollo relativo de la clase obrera. En segundo término, esta propia característica hace que el proceso tenga la particularidad de combinar distintas revoluciones. El caso de la Revolución Boliva-riana muestra la necesidad de llevar a cabo tareas democráticas, antiimperialistas, y de transición al socialismo de manera simultanea. En tercer lugar, el reconocimiento de que, desde el principio, actúan fuertes componentes burocráticos en los propios procesos revolucionarios, implican la necesidad de asimilar que dentro del proceso se seguirá desarrollando una poderosa lucha de clases. La presencia preeminente en los primeros periodos de los sectores más conservadores, pequeño burgueses y que buscan privilegios, lleva a desarrollar una política específica para combatirlos desde el inicio mismo del proceso.
Es por eso que en la lucha por el socialismo se plantea la obligación de desarrollar mecanismos democráticos que en esta etapa se convierten en transicionales. Ese es el sentido que tiene la lucha por las Constituyentes en la última década. La posibilidad de la contraloría social como una consigna de arranque de las revoluciones es fundamental, lo mismo que las consignas antiburocraticas y anticorrup-ción. El problema del control estatal de los sectores estratégicos de la economía, bajo la forma que sea, nacionalización por ejemplo, con control en la producción, gestión y administración de los trabajadores y las comunidades, es también una tarea de primer orden. Otra política fundamental a desarrollar es la de una fuerte propaganda hacia sectores de pequeños productores, en especial los del campo, al tiempo que se les facilita el acceso al crédito y se les respeta sus ritmos de adaptación de la nueva realidad. La democratización de la información de todas las empresas (la vieja consigna de apertura de los libros), pero a la que puedan tener acceso todos los ciudadanos es otra vacuna contra aquellos sectores conservadores, burocráticos o directamente contrarrevolucionarios que hacen vida dentro del proceso de transición.
La no existencia en la actualidad de los clásicos sujetos políticos como el partido revolucionario de masas al estilo bolchevique o la III internacional en sus primeros cinco años de vida, y de organismos de poder obrero y popular acabados, si no más bien en proceso de formación, es una pelea que debe darse de manera simultanea al desarrollo de la movilización revolucionaria. Esta ausencia obliga a prestar especial atención a estas dos tareas subjetivas, convirtiéndose la de la construcción del partido en la prioritaria.
Las viejas tradiciones revolucionarias deben ser limpiadas de las deformaciones burocráticas y dogmáticas, de las manchas de las traiciones históricas. La búsqueda de coincidencias entre sectores de vanguardia en los procesos vivos, sectores provenientes de distintas tradiciones, lenguaje y hasta experiencias, se dará inevitablemente, a condición de que haya un actor conciente que las busque. En este sentido, la orientación del reagrupamiento de los revolucionarios tiene cada día más vigencia.
La lucha por el socialismo es la lucha por la democracia más avanzada, el antiimperialismo, el anticapitalismo y el inicio del cambio de las relaciones de producción capitalistas. Sin embargo, la otra gran enseñanza de los experimentos del siglo XX es el fracaso rotundo de la construcción, no ya del socialismo, sino de los procesos transicionales en un sólo país. El internacionalismo revolucionario, la solidaridad internacional, el relacionamiento y la búsqueda de manera permanente es imprescindible, sobre todo para que se pueda empezar a mostrar una alternativa de socialismo democrático con contenido de clase. Si la revolución, donde ha hecho pié o donde lo haga, no es consecuentemente internacionalista, no podrá enfrentar con éxito su propia contrarrevolución interna, sobre todo a la que hace vida dentro del proceso.
Esto no niega la validez de las relaciones comerciales, incluso la participación en bloques regionales, manteniendo la independencia política, o con acuerdos con países que no se encuentren atravesando por procesos revolucionarios o cuyos gobiernos sean reaccionarios. Por el contrario, la historia de las revoluciones muestra que esto es casi inevitable. Pero esta necesidad no debe limitar de ninguna manera el involucramiento y la ayuda al desarrollo de la revolución en esos países, a través del apoyo a los movimientos revolucionarios que en ellos actúen.
Contra la ideología utópica y reaccionaria del multilaterismo debe levantarse un internacionalismo revolucionario consecuente para ayudar a que la revolución se abra camino en la mayor cantidad de países posibles. Esto en primer lugar pasa por la necesidad de la lucha por un “buen socialismo” en donde los procesos hayan comenzado.
Como ningún otro, el proceso revolucionario de transición debe tener la política de garantizar las necesidades sociales en su propio país. Mejorar el nivel de vida de los trabajadores y los sectores más postergados. Limitar las ganancias en el sector privado que subsista, garantizar que los sectores de servicios que acompañan y son imprescindibles para el desarrollo económico, como el comercio exterior, el transporte y otros, sean monopolizados por el estado; la misma orientación debe dársele al crédito. Un plan central se hace imprescindible para lograr estos objetivos pero, a diferencia de los experimentados en los ex países del “socialismo real”, debe ser construido democráticamente en un ida vuelta entre el abajo y el arriba.
Toda propaganda socialista, que en este momento puede y debe ser orientada a sectores de masas, debe contemplar la crítica despiadada de los experimentos fracasados del llamado “socialismo real” del siglo XX, la crítica justa y sin concesiones a las desviaciones, limitaciones o insuficiencias de los procesos en curso, y las propuestas de gobierno que apunten al desarrollo, profundización y extensión internacional de la revolución.
Hay una nueva oportunidad histórica abierta. Nos encontramos en el prólogo de un nuevo desafío. Si en 1914 todos los revolucionarios consecuentes entraban en tres coches tirados por dos caballos cada uno, y tres años después se iniciaba el primer experimento triunfante que intentó recorrer el camino al socialismo, hoy no hay razón alguna por la cual nuestra generación no pueda pensar en volver a asaltar el cielo.


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