El plan de seguridad de cristina

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No fue el padre de la democracia

Respetando el dolor de los argentinos que despidieron sus restos, somos muy críticos del accionar político de toda su vida.


Escribe Gustavo Giménez

Durante la semana pa sada miles de argentinos participaron del velatorio y exequias de Raúl Alfonsín. Un importante operativo político y mediático se montó en torno a la reivindicación de su trayectoria. Muchos revalorizaron la figura del ex presidente como la de un modelo de político honesto que no se enriqueció en la función pública.
Con el mayor de los respetos hacia los sentimientos de muchos trabajadores, jóvenes y ancianos que se han visto afectados por su deceso, y contra el método de los hipócritas y oportunistas para los cuales ahora el fallecido se ha convertido convenientemente en un prócer, los socialistas del MST queremos señalar que Alfonsín fue una de las figuras centrales de un sistema y régimen político que es responsable de las penurias de millones de argentinos.
No le tembló el pulso para traicionar a millones cuando, en Semana Santa, mintió diciendo “la casa está en orden, felices pascuas”, para salvar a los militares genocidas y con ello la estructura básica de las Fuerzas Armadas. Con la misma decisión con que unos años antes hacía campaña pública contra la Guerra de Malvinas mientras las bombas inglesas caían sobre los soldados argentinos. De la misma forma que, ya vencido su mandato, firmaba el Pacto de Olivos, que le permitiría la reelección a Menem y con ello la continuidad de diez años de una política de saqueo y explotación.

La dictadura cayó por las luchas de nuestro pueblo

Para algunos intelectuales, incluso del arco progresista y de izquierda, la dictadura militar cayó por sus propias contradicciones, como un efecto necesario de la derrota de Malvinas, y donde las luchas del pueblo fueron un aspecto secundario.
Contra esta opinión, nuestra corriente siempre sostuvo que en nuestro país existió una verdadera revolución democrática. No se puede explicar la retirada de los militares sin tener en cuenta la heroica resistencia de los primeros años, que tantas vidas costó. Que el 30 de marzo de 1982 tuvo su expresión en la calle, en esa movilización popular que fue brutalmente reprimida. Que se convirtió en millones que apoyaron la guerra contra los ingleses, que luego se volvieron abiertamente contra la traición de Galtieri, hiriendo de muerte a un régimen que quedó una semana en el aire sin poder encontrar una salida, abriendo un periodo con enormes movilizaciones y cuatro paros generales durante el ‘82 y ‘83.
El rol de Alfonsín en aquellos años, no lo ubica al frente de las luchas de los organismos de derechos humanos (pese a ser uno de los fundadores de la APDH), ni denunciando el rol cómplice de su partido, la UCR, que a través de Balbín, se encargó de señalar que “algunos suponen que yo he venido a dar soluciones y no las tengo”, cuando se aproximaba el golpe, y le prestó decenas de intendentes y funcionarios a la dictadura.
Así, luego de predicar la “paz” mientras las balas inglesas estallaban contra los cuerpos de nuestros soldados aprovechó, ya abierto el proceso electoral, ante la falta de una alternativa socialista de masas, para canalizar junto al PJ la energía desatada en la lucha contra los milicos hacia la falsa ilusión de que sin movilizarse y apostando al juego parlamentario bipartidista se podían solucionar los problemas del país.

Un maestro del “doble discurso”

El discurso por los derechos humanos y la democracia fue clave para su triunfo electoral. Hoy, desde Obama hasta los voceros más prominentes del imperialismo, realzan este aspecto: “el líder de los Juicios de Nürembeg argentinos” señalan, refiriéndose a los juicios contra las Juntas Militares.
Sin embargo, medidas progresivas arrancadas por la movilización, como la investigación de la Conadep o el juzgamiento a las Juntas, en realidad encubrieron maniobras para no ir hasta el final: con la Conadep se evitó la formación de una comisión de investigación parlamentaria con plenos poderes; con la limitación del juicio a los comandantes se inauguraba una política destinada a salvar al grueso de la estructura asesina, que consagró luego con las leyes del Punto Final y Obediencia Debida. Todo convenientemente amparado en la teoría de los dos demonios, gracias a la cual, durante el gobierno del “democrático” Alfonsín, continuaron presos durante largos meses militantes condenados por los tribunales de la dictadura.

La casa está en orden

Las grandes crisis terminan con los dobles discursos y echan luz. En Semana Santa del ‘87, cuando centenares de miles salieron a la calle contra el levantamiento de Aldo Rico, rodearon los cuarteles de Campo de Mayo, inundaron la Plaza de Mayo y las principales plazas del país, se produjo uno de esos momentos bisagra de la historia. Lo extendido de la movilización popular, que echaba por tierra los argumentos de aquellos que sostenían que la dictadura había caído por su propio peso, abría la posibilidad de que pudiera hacerse justicia con los crímenes de lesa humanidad. Se ponía en cuestión la existencia misma del aparato militar, sostén fundamental para reprimir a los trabajadores y el pueblo cuando se rebelan contra este sistema de hambre y miseria. Alfonsín, con centenares de miles dispuestos ha defender las libertades conseguidas, no dudó: su prioridad era salvar a unos de los pilares de este sistema, las Fuerzas Armadas.
Los que hoy lo justifican vergonzantemente, como Fernández Meijide, dicen que fue para evitar derramamiento de sangre y muertes innecesarias. Hay que recordar a Rodolfo Walsh, cuando señalaba en su Carta Abierta a la Dictadura Militar, que el mayor crimen no eran los presos, los desaparecidos, las picanas y torturas, sino el verdadero genocidio de hambre que su política económica al servicio de las multinacionales y el imperialismo desataba sobre millones, y preguntarse entonces, ¿si en vez de perdonarles la vida a los militares insurrectos, se hubiera apoyado en la movilización popular?…otra hubiera sido la historia de nuestro país.
Seguramente los Menem, De la Rúa, Duhalde o Kirchner no hubieran podido favorecer a los grandes empresarios contra el pueblo como lo han hecho en estos años. Seguramente a la patronal argentina le hubiera costado desatar la hiperinflación, pagar miles de millones de fraudulenta deuda externa, aumentando exponencial-mente su monto, y preparar el tremendo plan de privatizaciones que luego Menem se encargó de concretar.
¿Adonde quedaron las promesas de que “con la democracia se come, se cura y se educa” y que no se iba a “pagar la deuda con el hambre del pueblo”?

Un puntal del régimen y el sistema de explotación

Alfonsín fue el dirigente patronal encargado de enfrentar esa enorme movilización popular desatada en el país a partir de la traición de Malvinas. Pese a los millones de votos obtenidos por la UCR y el PJ, salvo un primer periodo de confusión y expectativas, no pudo parar una pelea que exigía un modelo sustancialmente distinto al del hambre y la dependencia que impusieron las botas militares.
Por eso los paros generales, que no fueron la intención destituyente de un PJ en crisis y aliado del gobierno en los momentos difíciles, sino la expresión de un importante descontento que terminó con el mandato en forma prematura, porque no soportaba esa bomba neutrónica que significaba la hiperinflación en los bolsillos y las panzas de millones.
Por eso, con la Tablada no tuvo el mayor empacho en encubrir la matanza de los militantes que equivocadamente lanzaron una aventura ultraizquierdista sobre los cuarteles.
Por eso no dudo con el Pacto de Olivos, en apoyar una reforma constitucional a medida de las necesidades de Menem y el grueso de la burguesía argentina, que necesitaba las herramientas legales para una nueva “Década Infame” contra los trabajadores y el pueblo argentino. Por eso fue parte del nuevo rescate, llamado Alianza, con la que el Argentinazo terminó en el 2001, hiriendo gravemente al régimen político del cual él fue un gran puntal y que hoy, a la hora de su muerte, lo reivindica. Su llamado póstumo a defender las instituciones es justamente eso: a defender esas instituciones que tras una fachada pseudo democrática sostienen a gobiernos y funcionarios responsables de hundir al pueblo en la miseria.

Las paradojas de la historia

El apellido Alfonsín hace años que no era sinónimo de caudal electoral. Una larga y dura experiencia de nuestro pueblo le impedía ser candidato. Hoy su hijo Ricardo es ubicado convenientemente al tope de la lista junto a Stolbizer, para capitalizar “el efecto Alfonsín”, como llaman a esta reivindicación post mortem de su figura. El problema no es si robó o no para beneficio personal, si terminó con las mismas pertenencias con que empezó. A un dirigente político se lo juzga por qué intereses defiende y Alfonsín siempre defendió los de la gran patronal argentina y extranjera.
Sin embargo, no debe sorprendernos que muchos que seguramente no votarán a la UCR o al Coalición Cívica, hastiados de tanto robo de funcionarios que se hacen millonarios, de presidentes como Menem enriquecidos y corruptos hasta el hartazgo, o de las propiedades inmobiliarias y negocios varios de Néstor Kirchner y su señora esposa, la presidenta Cristina K., un sector de la población rescate que no se haya enriquecido en forma personal.

La corrupción es hija de este sistema de hambre e impunidad

La democracia capitalista a la que Alfonsín dedicó su vida, es la responsable de la enorme corrupción del régimen político actual. No puede separarse la barbaridad de que millones se mueran de hambre en un país que le da de comer al mundo, de que los funcionarios y las instituciones actuales estén podridas de corrupción, mentiras y prebendas. No existe ni existirá capitalismo regulado, como no existió capitalismo humanizado. Si algo está poniendo en claro la actual crisis mundial es que el único capitalismo que existe es salvaje, contra los trabajadores, los pueblos y la humanidad.
Desde el MST-Nueva Izquierda nos sumamos a los millones que en sus luchas están buscando un modelo distinto, un modelo socialista con amplia democracia popular, opuesto a estos regímenes de hambre y corrupción que tanto los Kirchner, como el PJ oficial o rebelde, la UCR, la Coalición Cívica o el Pro defienden.


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