Después de la paliza electoral

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Lifting político de los K

Con los cambios de gabinete, el llamado al diálogo y los anuncios de reforma política, el gobierno nacional intenta reacomodarse después de su derrota electoral. Trata de pisar tierra firme para arremeter con medidas antipopulares frente a una perspectiva de agravamiento de la crisis. Oficialismo y oposición, más allá de disputas y diferencias de estilo, coinciden en la necesidad de sostener la gobernabilidad que garantice la supervivencia del modelo capitalista.


Guillermo Pacagnini

El discurso de “balance” de Cristina donde desplegó una insólita alquimia numérica para relativizar los resultados adversos, sólo cosechó más bronca popular. Llovieron las críticas y presiones desde la “oposición” y distintos sectores del establishment, muy preocupados por la gobernabilidad, para que el gobierno tome nota del castigo recibido y no juegue con fuego en tiempos de crisis.
Aunque ya no le creen ni propios ni ajenos, el matrimonio gobernante finalmente aggiornó un poco su discurso y lanzó una serie de medidas para revocar la fachada de un modelo que ya fracasó. Los objetivos de los cambios son dos. Por un lado, retomar la iniciativa para emparchar el modelo económico y responder a las urgencias de la crisis, por supuesto descargándola hacia abajo. Pero también, ante la ausencia de un recambio que no puede ofrecer hoy ninguno de los proyectos de la oposición, apuntalar al gobierno y tratar de recomponer con algunas reformulaciones al modelo político para intentar llegar al incierto destino del 2011.

Todoterreno Fernández y “efecto Vudú”

Obligados a dar una señal política, vino el cambio de gabinete, con un fuerte sesgo de más de lo mismo. “Cambio cosmético… se recostaron en el núcleo duro de los ultra K”, señalaron los analistas. Cambiaron 2 ministros sobre trece y un secretario. Se fue Ocaña, que ya estaba sentenciada por el desastre sanitario primero del Dengue y luego de la Gripe A. Y usaron de fusible a uno de los monjes negros: el secretario Jaime, rey de los negociados con los subsidios a las privatizadas del transporte, que sale con 16 causas penales sobre sus espaldas (al monje principal, Moreno, por ahora lo sostienen). Pero los cambios centrales van de la mano de la implementación de medidas para tratar de prolongar la endeble recta final del reinado de los K.
El “mudo” ex ministro de Economía cedió su lugar a Boudou, el cajero K que manejó desde la ANSES los fondos robados a los jubilados. En la economía, se viene el “efecto Vudú”. Porque pasadas las elecciones se abre el tan temido segundo semestre donde todo indica que los efectos de la crisis capitalista se harán sentir más: estanflación para los entendidos, 40% de pobreza para el pueblo. La receta de este ortodoxo economista del CEMA, es un fuerte ajuste fiscal, pagar más deuda (ahora con los bonistas) y habilitar tarifazos y procedimientos de crisis con despidos y suspensiones para salvar a los empresarios.
Y colocaron en la Jefatura de Gabinete al “todoterreno” Aníbal Fernández, un vitalicio desde los tiempos de Duhalde que ha sido ungido como piloto de tormentas para tratar de reformular la arquitectura de la amenazada gobernabilidad. Necesaria para responder a la crisis política y al escenario de reclamos sociales que viene in crescendo.

Diálogo… entre los de arriba

El reflote del diálogo político ciertamente obedece a la necesidad del gobierno de lograr un plafond político inmediato, frente a su exiguo capital político. Para los sectores del establishment y la burocracia, significa también sacar tajada de una torta económica condicionada por la crisis. La CGT va para mantener y agrandar la caja de las obras sociales, no por los reclamos obreros. La UIA y las cámaras empresariales, van con su agenda de más prebendas para las patronales. La Mesa de Enlace, por ahora en cola de espera, va por liquidar retenciones y -como los industriales- por devaluar más, no para beneficio de los chacareros que lucharon sino de los grandes productores
Este Consejo Económico y Social también se propone volver a la carga para sellar un pacto social. Donde, más allá de las disputas corporativas, todos acuerden en no hacer olas que agraven la crisis y contener a los reclamos obreros y populares que van creciendo. Una pata podrá ser reunir al Consejo del Salario como pide Moyano para tratar de descomprimir subiendo el sueldo mínimo -que no tiene nada de vital y móvil- y sólo llega a los trabajadores registrados. Pero aspiran a un acuerdo duradero entre gobierno, burócratas y empresarios, frente a una perspectiva de agravamiento en el conflicto social.
Es que todos tienen en mente la postal del Argentinazo del 2001. Y les entra pánico frente a una dinámica que más temprano que tarde, se encamina a otra rebelión. Justamente por esa perspectiva, es que la mesa de “diálogo” convocada tiene otro objetivo fundamental: a través del debate abierto sobre la necesidad de una reforma política, se trata de recomponer el régimen, de reparar las heridas en un modelo político que hace aguas por los cuatro costados y que las elecciones del pasado 28 agravaron.

Los debates de la reforma

Los otros convocados al diálogo son los partidos políticos. El debate que está ganando los medios de prensa pone sobre el tapete dos cuestiones clave: cómo resolver la crisis del modelo económico y también la del modelo político, a la luz de la debacle K. Se escucharon aplausos y críticas apenas Cristina convocó a esta discusión.
Fue significativo que los elogios más claros al llamado de los K surgieron de los sectores que se reclaman progresistas. El primero fue el PS: “Es un síntoma de crecimiento de la democracia”, dijo Binner sin tapujos. Otro sector que alentó expectativas, aunque luego las relativizó a que se incluyan los temas sociales, fue Solanas y Proyecto Sur: “Es un paso adelante”. Y sus aliados Macaluse y Sabatella directamente dijeron: “Si nos llaman, vamos”. Por su parte, con un cinismo absoluto, De Narváez y el peronismo disidente bramaron: “diálogo siempre, perder tiempo, no. La prioridad es el hambre, la emergencia sanitaria, el campo, la seguridad”. Y el debate con Carrió y la UCR se reduce a que éstos quieren que el ámbito donde se discuta la reforma sea el Congreso. El miércoles 15 el gobierno inicia la ronda con el Acuerdo, que irá sin Carrió.
Las discusiones entre el gobierno y la oposición se han transformado en interminables alegatos de cuál tiene que ser la agenda de prioridades y cuál es el ámbito para encararla. Si se empieza por la economía o por la reforma política. Y de si se resuelve en una mesa en la Rosada o entre cuatro paredes en el Congreso. Pero, ante tamaña crisis y el gran cuestionamiento que se reflejó el 28, pero que se escucha diariamente en las calles y se traduce en reclamos sociales, nadie propone que se abra el debate con los trabajadores y el pueblo y que sean éstos los que decidan el rumbo que debe tomar el país. Nadie piensa en ningún tipo convocatoria popular. Mucho menos en una Asamblea Constituyente, que la magnitud de la crisis política y social impone.
Y las propuestas que se han empezado a hacer, no son precisamente hacia ampliar los mecanismos democráticos para que el pueblo resuelva, ni mucho menos hacia un modelo que distribuya la riqueza.
El gobierno arrancó proponiendo reflotar las internas abiertas y obligatorias para los partidos, con una evidente preocupación de responder al agravamiento de la crisis del PJ, sin liderazgo y cada vez más fragmentado. Sectores de la oposición proponen el voto electrónico o la boleta única, punto que compartimos. Todos hablan peligrosamente de disminuir la cantidad de partidos y avanzar en normas proscriptitas como las que ya se han empezado a implementar.
Porque como telón de fondo de toda esta parafernalia, está no sólo la necesidad de mantener la gobernabilidad sembrada de dudas a la luz de la crisis de los K. Para tratar de llegar al 2011 con un proyecto de recambio creíble que mantenga la dominación capitalista, de vertiente peronista o radical. Está la tarea pendiente para los de arriba de recomponer un régimen de alternancia política como el que antes del 2001 dominaba la vida política del país y que se derrumbó con el Argentinazo. Y lavarle la cara a las viejas instituciones despres-tigiadas que dejó esa rebelión del “Que se vayan todos”.

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Reforma política para salvar al modelo


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