MST - Movimiento Socialista de los Trabajadores Lunes 27 de Agosto, actualizado hace 4 hs.

Hacia el bicentenario de 1816 (segunda nota) Por la segunda independencia

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El Acta de la Independencia declara «una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli, y de toda otra dominación extranjera.» Sin embargo, la Argentina ha sido sometida al status de una semicolonia durante la mayor parte de los últimos dos siglos.

El proceso de independencia de las colonias hispanoamericanas se dio en el marco de la crisis y decadencia del Imperio español, y su desplazamiento en el escenario mundial por el imperialismo británico en ascenso. La debilidad de Madrid convenció a parte importante de la oligarquía criolla de la conveniencia de romper con su metrópoli, y fue aprovechada por los sectores más radicales para precipitar los hechos y perseguir un rumbo independiente.
La gesta independentista fue encabezada por estos últimos. Castelli, Belgrano, Moreno, Monteagudo y, más adelante, Alberdi y Sarmiento concebían un desarrollo independiente que transformara a la Argentina en una potencia capitalista mundial. San Martín y Bolívar incluso imaginaban una nación latinoamericana más unida que las decenas de países que se terminaron fundando.

La semicolonia inglesa

Pero la Patria Grande no se realizó, y la independencia de la dominación extranjera duró poco. El proyecto de desarrollo y modernización de los «jacobinos americanos» careció de sujeto social. La burguesía terrateniente argentina no tuvo interés alguno en modernizar el país ya que se enriquecía «mirando parir las vacas», como denunciaba Sarmiento. Es decir, la burguesía criolla, en cuanto parte de la clase burguesa mundial, estaba perfectamente cómoda con el rol que le tocaba en la división internacional del trabajo, como proveedora de materias primas de las potencias económicas mundiales.
Así prevaleció el programa de Rivadavia por sobre el de Moreno, y el de Mitre y Roca por sobre el de Alberdi y Sarmiento. El país, liberado del sometimiento político de la España en decadencia, se subordinó económicamente al nuevo amo imperialista.
Inglaterra pasó a controlar los resortes fundamentales de la economía argentina durante el siguiente siglo. La burguesía porteña aceptó su ubicación de socio menor en la consolidación de la matriz agroexportadora que aún perdura, porque lucró -y lucra- enormemente con ese negocio, a expensas del pueblo, por supuesto. El presidente Avellaneda no dejó dudas al justificar un ajuste para pagar los intereses de la deuda externa: «Economizaremos sobre nuestra hambre y nuestra sed para cumplir con nuestros compromisos».

La independencia relativa

La Segunda Guerra Mundial provocó una nueva crisis de hegemonía imperialista en el mundo. Inglaterra decaía y perdía sus colonias mientras el ascendente imperialismo yanqui extendía sus tentáculos. A partir de la guerra, la burguesía argentina se vio obligada a encarar cierta industrialización para sustituir las importaciones que dejaron de entrar. La enorme clase obrera industrial que surgió de este proceso se convirtió en una poderosa fuerza social que defendería con uñas y dientes un rumbo independiente que garantizara las condiciones de vida que fue ganando con su movilización.
Esta fuerza social fue conducida por el peronismo, que encaró un proyecto de relativa independencia frente al imperialismo: creó un fuerte Estado de bienestar con una creciente industria nacional; creció YPF; se inició la producción nacional de autos y aviones con la IAME; se nacionalizaron las telecomunicaciones y se fundó la Junta Nacional de Granos. La clase obrera logró inmensas conquistas, como las vacaciones pagas, el aguinaldo y las paritarias, además de extender la sindicalización, aunque se la subordinó a la dirección burocrática de la CGT con una política de colaboración de clases que perdura hasta hoy.
El peronismo, sin embargo, no dejó de ser un proyecto burgués, que mostró sus limitaciones al retirarse sin resistir ante el golpe gorila de 1955. El imperialismo yanqui, ya impuesto como superpoder mundial, exigió que Argentina le abriera sus puertas. La burguesía local manifestó su entusiasmo por asociarse al nuevo patrón. La clase obrera estuvo dispuesta a pelear a muerte contra el sometimiento pero su dirección la mandó a casa. Así comenzó un nuevo ciclo de saqueo semicolonial.

La semicolonia yanqui

En años posteriores fue nuevamente la clase obrera y el pueblo quienes enfrentaron al imperialismo y a sus socios locales. Pero el ascenso obrero de los años 60 y 70 fue derrotado por el golpe genocida de 1976. La Junta Militar llegó para imponer el Plan Cóndor, la estrategia regional del imperialismo para quebrar las luchas obreras, desmantelar los estados de bienestar y profundizar el saqueo.
La dictadura comenzó la avanzada neoliberal que los gobiernos radicales y peronistas profundizarían posteriormente. El gobierno de Menem, que estableció «relaciones carnales» con los EE.UU., pegó los saltos más significativos. La deuda externa creció exponencialmente y se transformó en un mecanismo de extracción permanente de riquezas. El mercado laboral y el comercio se desregularon para abaratar la mano de obra y favorecer las importaciones en detrimento de la producción nacional. Se privatizaron las empresas estatales, se desmontó la red ferroviaria y se firmaron acuerdos de todo tipo para facilitar el saqueo de los bienes comunes.
Semejante ataque al patrimonio nacional no le salió gratis a la burguesía. El pueblo argentino, entre largas y agudas penurias, luchó y protagonizó dos revoluciones democráticas: en 1982, echó a la dictadura genocida y, en 2001, derrocó al gobierno de De la Rúa y vació de sustento social al bipartidismo burgués.

La independencia pendiente

Después del Argentinazo no se podía gobernar sin adoptar una postura más crítica del imperialismo y otorgar algunas concesiones al movimiento de masas. Los Kirchner comprendieron esto y asumieron ese rol. Sin embargo, más allá del discurso antiimperialista y las conquistas que se lograron durante sus mandatos, Néstor y Cristina sostuvieron y profundizaron el modelo extractivista agroexportador. Se multiplicaron los emprendimientos megamineros, se extendió el monocultivo de soja transgénica, se mantuvieron las privatizadas y no se industrializó la matriz productiva.
A pesar de que el kirchnerismo les garantizó a los empresarios «llevarse en pala» las ganancias durante la última década, al capitalismo no le gusta soportar mediación ni limitación alguna. En cuanto pudo, la burguesía apoyó un proyecto que le devolviera el manejo directo del gobierno para aplicar el ajuste desenfrenado que necesita para sostener y multiplicar sus ganancias ante la crisis mundial.
Macri encarna ese proyecto. Todas sus medidas benefician las ganancias capitalistas en general y las de las multinacionales imperialistas en particular, en desmedro del pueblo trabajador. Es evidente que hoy, además de luchar por pararle la mano a Macri, es necesaria una segunda y definitiva independencia.
Si algo nos enseña la historia, es que los capitalistas son incapaces de realizarla. Por eso la tarea de lograr una verdadera independencia recae sobre la clase trabajadora y requiere un programa anticapitalista y una alternativa política que lo encamine. Este es nuestro desafío de cara al bicentenario de 1816.

Federico Moreno

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